En nuestra vida personal y profesional todos conocemos a personas que se caracterizan por su arrogancia y a otras que, por el contrario, se caracterizan por su humildad.

También nosotros podemos tener una imágen y una concepción sobre nosotros en un sentido o en otro de forma general o en aspectos y situaciones concretas de nuestra vida.

Cuando decimos que una persona es humilde podemos hacerlo en tres sentidos:

  • La humildad como origen socioeconómico
  • La humildad como sumisión
  • La humildad como valor

En una de las definiciones de la R.A.E., la humildad es “la bajeza de nacimiento o de otra cualquier especie y la sumisión, el rendimiento”.

En otra de sus definiciones, la R.A.E. nos dice que la humildad es la virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”.

Etimológicamente, humildad procede de “humus”, es decir, «aquello que se desprende de la naturaleza y que a su vez la fertiliza y la hace crecer».

Al hablar de humildad podemos aludir a la sumisión y la bajeza, con una connotación negativa o podemos aludir a la capacidad de aceptar nuestras limitaciones, nuestros errores y en obrar de acuerdo con ello para aprender y crecer.

Voy a centrarme en esto último, en la humildad como virtud o valor.

Tres aspectos nos pueden ayudar a entender el valor de la humildad:

1º. Para ser humilde es necesario tener una sana autoestima.  Reconocernos un valor sabiendo que no somos perfectos y que tenemos mucho que aprender de los demás. Ser humilde no significa ser débil, sino ser consciente de mis limites, mis áreas de mejora y estar abierto a aprender.

Por ello, a una persona humilde le preocupa más qué es lo correcto que tener razón, obrar aplicando buenas ideas que tener buenas ideas, adoptar una nueva verdad que defender posiciones anticuadas, construir equipos que ensalzarse uno mismo y reconocer las aportaciones de los demás que lograr el propio reconocimiento.

2º. Las personas humildes se dan perfecta cuenta de que no están solas, sino que se apoyan en otras y avanzan con su ayuda, de forma que saben dar y a su vez están dispuestas a recibir, dejando el ego, la arrogancia y el orgullo en beneficio de la mejora de las relaciones con los demás y el beneficio compartido.

3º. La humildad nos hace personas más agradecidas, valorando más todo aquello que tenemos y reconociendo que no nos merecemos todo.

En definitiva, ser humilde no significa reducir nuestro propio valor sino, reconociéndolo, estar dispuesto y actuar en el sentido de incrementar el valor de los demás, desde nuestras limitaciones y nuestra apertura al aprendizaje.

Mostrarnos vulnerables, practicar la escucha, guardar silencio, agradecer, reconocer las aportaciones de los demás… son el «humus» que nos desprende nuestra arrogancia y fertiliza nuestra humildad.

Feliz día

 

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